Entonces Tomás abrió su computadora y mostró la transmisión de la cámara instalada en nuestro estudio.
Daniel y Paola acababan de entrar a nuestra casa.
Nosotros supuestamente estábamos muertos y, en lugar de llorarnos, revolvían cajones buscando documentos.
—¡Tiene que estar aquí! —gritó Daniel—. Mañana debo entregar la escritura o van a denunciarme.
Abrió una pequeña caja fuerte.
Dentro no encontró la escritura.
Encontró una fotografía del mirador al que nos había llevado.
Roberto la había colocado esa mañana, junto con una nota:
“Sé que buscas mis documentos. Si algo nos ocurre, las pruebas están en manos de otra persona.”
Vi cómo Daniel perdió el color.
Pero algo más llamó mi atención.
Paola llevaba un anillo rojo.
Mi anillo.
Era un rubí que había pertenecido a mi madre. Un mes antes desapareció de mi recámara. Daniel me había dicho: