—Mamá, últimamente olvidas todo. A lo mejor ya deberíamos pensar en que alguien te cuide.
Durante semanas llegué a preguntarme si realmente estaba perdiendo la memoria.
Ahora entendía la verdad.
Mi propio hijo había robado el anillo y después utilizó mi angustia para hacerme creer que estaba envejeciendo mal.
—Se acabó —dije—. El hijo que yo crié ya no existe.
En la pantalla, Daniel llamó a Ernesto, nuestro agente de seguros desde hacía años.
—El accidente salió bien —dijo—. Necesito que adelantes el trámite.
Hubo silencio al otro lado.
Luego Ernesto respondió:
—Sin acta de defunción no puedo pagarte. Y alguien me mandó una grabación de lo que hablaste en el coche. Si esto llega a la Fiscalía, tú no eres el único que se hunde.
Daniel comenzó a gritar.
Minutos después llegaron policías a nuestra casa para hacerle nuevas preguntas. Tomás había enviado información de forma discreta a antiguos compañeros.