La red empezaba a cerrarse.
A la mañana siguiente, un abogado bloqueó cualquier movimiento sobre nuestras cuentas y propiedades y revocó los poderes que Daniel había utilizado.
Horas después llegó un mensaje al grupo familiar de WhatsApp:
“Como mis padres siguen desaparecidos y las autoridades temen lo peor, mañana haremos un rosario y una despedida simbólica. Necesitamos a la familia unida.”
Paola incluso escribió que recibirían a todos en una funeraria de Querétaro.
Miré a Roberto.
—¿Piensan hacer nuestro funeral sin siquiera encontrar nuestros cuerpos?
Él dejó el teléfono sobre la mesa.
—No. Piensan usarlo para convencer a todos de que estamos muertos y presionar al seguro.
Tomé aire.
—Entonces iremos.
Roberto me miró durante varios segundos.
—¿A dónde?
—A nuestro funeral.
Y al día siguiente, mientras nuestro hijo se preparaba para llorar frente a dos ataúdes vacíos, nosotros ya estábamos entrando por la puerta trasera de la funeraria.