Creyeron que habíamos muerto después de lanzarnos por un precipicio y mi nuera todavía llevaba el anillo que me había robado mientras decía: “Todo esto ya nos pertenece”. Mi esposo me pidió que no llorara, llamó al abogado y bloqueó cada cuenta. Al día siguiente, nuestro hijo preparó dos ataúdes vacíos sin saber quién entraría por la puerta trasera.

PARTE 3

La funeraria estaba llena cuando llegamos.

Tomás nos hizo entrar por una puerta de servicio. Desde un pequeño salón lateral podíamos observar la capilla sin que nadie nos viera.

Al frente habían colocado dos ataúdes cerrados.

Vacíos.

Entre ellos estaba una fotografía de Roberto y mía tomada durante nuestras bodas de plata. Alguien había puesto flores blancas alrededor.

Por un instante sentí un nudo en la garganta.

Mi hermana Lucía estaba llorando en la segunda fila. Mis cuñados, primos y vecinos habían viajado desde distintas partes de Querétaro para despedirse de nosotros.

Ellos sufrían de verdad.

Daniel no.

Estaba sentado junto a los ataúdes con un pañuelo blanco entre las manos. De vez en cuando se cubría el rostro y bajaba la cabeza.

Paola llevaba un vestido negro elegante.

Y mi anillo de rubí seguía brillando en su dedo.

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