Pero aquella no era la parte más dolorosa.
Lo más doloroso era recordar la sonrisa de Greta cuando subió al coche aquella mañana.
Mi hija había confiado en él porque yo le había enseñado a confiar.
Y yo había confiado en él porque nunca imaginé que alguien que nos conocía tan bien pudiera utilizar esa confianza de aquella manera.
Un mes después, el campamento volvió a abrir sus puertas para una jornada familiar.
Greta me preguntó si podía regresar.
Al principio dudé.
Después comprendí que no quería que aquella experiencia le enseñara a tener miedo de todo el mundo. Quería que aprendiera algo más importante: que podía confiar en sus sentimientos, pedir ayuda y decir que no cuando algo le parecía extraño.La llevé personalmente.
Karen nos recibió en la entrada.
—Me alegro de veros —dijo, abrazando a Greta—. Este año tenemos nuevas actividades.