Yo pensé que aquella flor dibujada sobre la silla vacía había cerrado algo dentro de Lucas.
Pero a la mañana siguiente, cuando entré en la cocina, encontré otro dibujo sobre la mesa.
Y esta vez no había casa.
No había tejado rojo.
No había puerta grande.
Solo una silla.
Una silla pequeña, en medio de una hoja blanca.
Encima había una flor amarilla, como la que doña Amalia había dibujado el día anterior.
Pero al lado, con letra torpe de niño, Lucas había escrito:
“¿Y si la flor también se va?”
Me quedé quieta con la taza de café en la mano.
La casa estaba en silencio. Desde el pasillo se escuchaba el sonido suave de Lucas moviéndose en su habitación, abriendo cajones, buscando ropa para el colegio.
Me acerqué a la mesa y pasé los dedos por el borde de la hoja.