¿Había confundido yo su amabilidad con confianza?
¿O estaba descubriendo una parte de él que nunca había conocido?
A la mañana siguiente, fui al banco.
No tenía claro qué buscaba. Solo recordaba la pregunta de Daniel sobre el dinero y el negocio.
Durante meses, había notado algunos movimientos extraños en mi cuenta, pero había supuesto que eran errores o pagos automáticos.
Pedí un extracto detallado.
Mientras la empleada imprimía los documentos, revisé mis correos electrónicos.
Entonces encontré algo que me hizo dejar de respirar durante unos segundos.
Un mensaje enviado desde mi dirección de correo electrónico a una empresa de servicios financieros.
El asunto decía:
«Solicitud de información sobre un préstamo personal».
Yo no había enviado ese mensaje.
Lo abrí.
En el cuerpo del correo aparecían mi nombre completo, mi dirección y algunos datos personales. También figuraba un número de teléfono que reconocí inmediatamente.