Después de 16 años de matrimonio, mi esposo me obligó a devolverle las tarjetas, las joyas y hasta el anillo. “¡Te vas sin un centavo y terminarás en la calle!”, gritó. Yo acepté sin discutir y salí con una maleta vieja. Él celebró haberme dejado sin nada, sin imaginar que el verdadero peligro para su fortuna de 80 millones estaba escondido entre mis suéteres…

Los registros mostraban seis años de facturación por obras inexistentes. Varias empresas emitían comprobantes por maquinaria, cemento y servicios que jamás llegaban a los proyectos. Parte del dinero regresaba a personas vinculadas con la constructora. Otra parte terminaba en intermediarios relacionados con Ramiro Figueroa, funcionario municipal que favorecía a Héctor en adjudicaciones.

Y los catorce millones enviados a la empresa relacionada con la hermana de Bernardo no aparecían en los reportes que el contador entregaba a su jefe.

—Los dos se engañaban —dije cuando terminé de reconstruir el flujo del dinero.

—Y pretendían que usted pagara las consecuencias —respondió Margarita.

Dos días después recibí un mensaje en mi antiguo teléfono, que encendía solo de vez en cuando.

«Devuelve lo que te llevaste. Podemos arreglarlo. No hagas una estupidez».

Era Héctor.

No respondí. Guardé el mensaje y lo envié a mi abogada.

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