A la mañana siguiente vi el mismo automóvil gris frente al hotel dos veces. Un hombre me siguió hasta una cafetería y fingió mirar el menú cuando me detuve. No sabía quién lo había enviado, pero dejé de considerar aquel alojamiento seguro.
Con ayuda de Margarita me trasladé a casa de su tía Julia, una mujer jubilada que vivía en un pequeño departamento de Tonalá. Me recibió con una taza de café de olla y una condición sencilla:
—Aquí nadie te va a preguntar dónde estuviste. Pero tienes que comer bien y dormir. No puedes pelear con el mundo si te estás acabando tú sola.
Hacía tiempo que no sentía una preocupación tan desinteresada.
Mientras tanto, Héctor comenzó a llamar a familiares y conocidos. A unos les decía que yo había sufrido una crisis nerviosa; a otros, que había robado documentos de la empresa para chantajearlo. Mi suegra incluso telefoneó a mi madre para decirle que su hijo había mantenido a una ingrata durante dieciséis años.