Mi madre contestó una sola frase:
—Su hijo podrá explicar sus cuentas. Mi hija sabe explicar las suyas.
La investigación avanzó durante varias semanas. Las autoridades corroboraron operaciones con información bancaria y fiscal, solicitaron órdenes judiciales y finalmente acudieron a las oficinas de Salgado Infraestructura para asegurar documentación y equipos.
Ese día yo estaba en Tonalá cuando Margarita me llamó.
—Ya entraron —dijo—. La investigación es oficial. Ahora no dependen solamente de sus copias.
No sonreí. Me temblaban las rodillas.
En la empresa, Héctor había intentado culpar a Bernardo por las facturas. Bernardo respondió entregando mensajes en los que mi esposo autorizaba los pagos. Después aparecieron las transferencias que Bernardo había escondido. Se acusaron mutuamente hasta que quedó claro que ninguno controlaba la historia.
El golpe definitivo llegó con el contrato de ochenta millones.
Nunca se había perdido porque yo olvidara revisar tres páginas. El inversionista que financiaría aquel desarrollo ya había detectado inconsistencias en los costos y había pedido aclaraciones. Héctor recibió la advertencia antes de discutir conmigo. Sabía que la operación estaba en riesgo porque sus propios números no resistían una auditoría.