La noche en que rompió el frutero, no estaba reaccionando a un error mío. Estaba buscando una culpable, y ya había decidido que sería su esposa.
Cuando Margarita me mostró la correspondencia que documentaba aquellas advertencias, recordé la expresión de Héctor frente a los vidrios rotos. Por primera vez entendí que el miedo que le había visto no era miedo de perder dinero. Era miedo de que alguien descubriera cómo lo había conseguido.
Meses después nos encontramos en el juzgado familiar.
Héctor había adelgazado. Seguía usando trajes caros, pero ya no sostenía la mirada con la misma seguridad. Su abogado ofreció un departamento pequeño y quinientos mil pesos a cambio de que yo renunciara a cualquier otra reclamación patrimonial.
—Mi cliente ha sido extraordinariamente generoso —declaró—. La señora Verónica nunca generó ingresos propios durante el matrimonio.