Después de 16 años de matrimonio, mi esposo me obligó a devolverle las tarjetas, las joyas y hasta el anillo. “¡Te vas sin un centavo y terminarás en la calle!”, gritó. Yo acepté sin discutir y salí con una maleta vieja. Él celebró haberme dejado sin nada, sin imaginar que el verdadero peligro para su fortuna de 80 millones estaba escondido entre mis suéteres…

Margarita se levantó.

—Mi representada dedicó dieciséis años a sostener el hogar y renunció a oportunidades profesionales a petición de su esposo. Solicitamos que se valore esa contribución y se determinen los derechos que le correspondan conforme al régimen matrimonial. También pedimos que se investiguen las maniobras de ocultamiento de bienes lícitos adquiridos durante el matrimonio.

El abogado de Héctor intentó descalificarme por haber reunido documentos financieros.

—Es una mujer resentida que pretende aprovechar una investigación para enriquecerse.

Me autorizaron a hablar.

—No vine por su dinero ilegal —dije—. Ese dinero debe investigarlo la autoridad. Vine porque durante dieciséis años me dijeron que mi trabajo no valía nada. Cuidé nuestra casa, organicé nuestra vida y renuncié a una carrera. Ahora quieren que acepte que todo eso tuvo un valor de cero pesos.

Héctor soltó una risa breve.

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