Durante años, todos me hablaron de la tragedia de Esteban.
Nadie me preguntó por la mía.
La mía no salió en radiografías.
No necesitó silla de ruedas.
Pero también me inmovilizó.
El proceso legal duró meses.
Se anuló el poder falso.
Se reconoció mi participación en la casa y en los bienes adquiridos durante el matrimonio.
Las cuentas ocultas salieron a la luz.
Los depósitos a Tomás también.
Esteban tuvo que pagar cuidados profesionales, medicamentos y adeudos que había escondido mientras yo vendía ropa para completar la despensa.
No me quedé con todo.
Nunca se trató de eso.
Me quedé con lo mío.
Que, después de cinco años de sentirme prestada, se sintió como una fortuna.
Tomás apareció una última vez.
Llegó sin gritar.
Sin gorra.
Sin soberbia.
—Mi papá me dijo que ya no puede ayudarme.