—Lo sé.
—También me dijo que fue tu culpa.
—Seguro.
Se quedó parado en la entrada.
—Encontré los audios.
Lo miré.
—¿Cuáles?
—Los que mandaba a sus amigos. Hablando de ti. De mí. De todos.
Su cara estaba pálida.
—A mí también me usó.
No dije “te lo dije”.
No le habría servido.
—Lo siento.
Tomás bajó la mirada.
—Fui un imbécil contigo.
—Sí.
—Perdón.
La palabra llegó tarde, pero llegó.
—No sé qué hacer con ese perdón —respondí—. Pero no te deseo mal.
Él asintió.
—¿Puedo llevarle ropa al centro?
—Sí. Coordínalo con la administración. No conmigo.
Entendió.
Eso fue lo más parecido a una paz.
Un año después, la sala de mi casa ya no parecía sala de hospital.
Puse un sillón amarillo.
Compré plantas. Floray fauna
Colgué cortinas claras.
Volví a usar perfume.