Cuando por fin la leí, decía:
“Brenda:
Aquí todos cobran por cuidarme. Nadie adivina. Nadie corre si grito. Nadie me odia, pero nadie me obedece por amor.
Creo que eso era lo que yo confundí contigo.
No sé pedir perdón sin querer algo a cambio. Estoy aprendiendo.
Esteban.”
La doblé.
No lloré.
La guardé en una caja, no por cariño, sino como prueba de que hasta los monstruos cómodos pueden verse en un espejo cuando se les apaga el servicio.
No volví con él.
No hacía falta para que mi historia tuviera compasión.
La compasión también puede tener puerta cerrada.
Un domingo fui a La Esperanza por conchas.
Compré dos.
Una de vainilla.
Una de chocolate.
Me senté en una banca afuera y las puse sobre mis piernas.
Durante años compré sus favoritas.
Ese día probé la de chocolate. Astronomía