Cuando le puse todo sobre el escritorio, ella solo dijo:
—Brenda, tu esposo no necesita una enfermera. Necesita una demanda.
Ese viernes regresé a casa temprano.
Esteban estaba en la sala, hablando por teléfono con Tomás.
No me oyó entrar.
—No te preocupes —decía—. En cuanto yo falte, la saco. La casa queda para ti.
Me quedé parada detrás de él.
Y por primera vez en cinco años, no sentí tristeza.
Sentí paz.
Apagué la licuadora que sonaba en la cocina.
Esteban volteó.
Su sonrisa se le cayó.
—¿Desde cuándo estás ahí?
PARTE 2
—Desde “mientras me sirva”.
Esteban se quedó inmóvil.
El teléfono seguía pegado a su oreja. Del otro lado, Tomás preguntaba: Equiposde comunicación
—¿Papá? ¿Qué pasó?
Yo caminé hasta la mesa, dejé mi bolsa encima y miré a mi esposo.
A ese hombre al que había bañado cinco años.