PARTE 1
—Ya está dormida. Tráela, pero esta vez no le dejes ninguna marca.
Cuando escuché la voz de mi esposo en aquella grabación, sentí que algo dentro de mí se rompía para siempre.
Esa noche desperté en el asiento del copiloto del auto de mi cuñado, Mateo. Estábamos estacionados en el sótano del edificio donde vivía con Santiago, en San Pedro Garza García. Eran las 11:08 de la noche.
Yo había salido de la oficina a las 9:40.
El trayecto normalmente duraba menos de media hora.
Me dolía el cuello, tenía una punzada extraña en la cintura y una de mis medias estaba jalada a la altura de la rodilla. Lo que más me inquietó fue descubrir que el respaldo del asiento estaba mucho más inclinado de como yo lo había dejado.
Mateo no estaba dentro del auto.