Me quedé inmóvil unos segundos.
Aquello ya había ocurrido tres veces.
Siempre era igual.
Santiago decía que tendría una cena de negocios o una reunión con clientes, mandaba a su hermano por mí y Mateo aparecía con una botella de agua abierta.
—Toma, cuñada. Vienes muerta de cansancio.
Yo bebía.
Después, mis recuerdos desaparecían.
Al despertar, sentía el cuerpo pesado y adolorido.
Cuando se lo contaba a Santiago, se reía.
—Sofía, pasas diez horas sentada frente a una computadora. Te hace falta ejercicio.
Aquella explicación me había parecido razonable hasta que, después de la tercera vez, compré una pequeña grabadora y la escondí dentro de mi bolsa.
Esa noche finalmente tuve el valor de escucharla.
Primero oí mi voz agradeciendo el agua.
Luego silencio.
Diez minutos después, Mateo hizo una llamada.
—Ya se quedó dormida otra vez —dijo.