Y entonces escuché a Santiago.
A mi esposo.
Al hombre que dormía junto a mí.
—Perfecto. Tráela. Fernanda ya está aquí. Y no seas idiota: no le dejes marcas como la vez pasada.
Mateo soltó una risa nerviosa.
—Fue apenas un moretón.
—Pues apenas nos mete en problemas. Haz lo que te dije.
La llamada terminó.
Después escuché que el auto se detenía.
Una puerta se abrió.
Mi cinturón fue liberado.
El asiento comenzó a reclinarse.
Y Mateo murmuró:
—De verdad confías demasiado en nosotros, cuñada.
Se escuchó el roce de su mano contra mi ropa.
Apagué la grabadora.
No pude seguir.
Fui directamente al baño y cerré la puerta.
Frente al espejo bajé lentamente el cuello de mi blusa.
Debajo de la clavícula había una marca violácea que llevaba varios días atribuyendo a algún golpe que no recordaba.