Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

Entonces comprendí algo todavía peor.

Santiago sabía exactamente lo que estaba pasando.

Quizá él mismo lo había organizado.

Pero había una frase que seguía golpeándome la cabeza.

“Fernanda ya está aquí”.

¿Quién era Fernanda?

Cuando salí del baño, Santiago estaba sentado frente al televisor como cualquier otra noche.

—¿Otra vez te quedaste dormida? —preguntó sonriendo.

Asentí.

Se acercó y me masajeó los hombros.

—Te lo dije, amor. Necesitas moverte más.

Yo también sonreí.

—Tienes razón.

Aquella noche dormí mirando hacia la pared, fingiendo tranquilidad mientras él respiraba a menos de un metro de mí.

A las tres de la madrugada abrí las notas de mi celular y escribí:

“Grabación. Botella de agua. Marca en el cuerpo. Cuatro episodios. Fernanda. Santiago sabe todo.”

Luego añadí:

“No voy a enfrentarlo todavía.”

Porque si Santiago creía que yo seguía siendo la misma esposa confiada, continuaría cometiendo errores.

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