Diez años atrás, la prima de doce años de mi marido sustituyó el confeti de nuestra boda por huevos podridos y convirtió mi vergüenza en el chiste de toda la familia. “Perdónala, todavía es pequeña”, me pidieron. Nunca recibí una disculpa sincera. En su boda, con mi hijo de nueve años a mi lado, sonreí al ver lo que estaban proyectando… y abrí mi bolso.

Se escuchó también su carcajada.

—Además, le mostramos otra vez aquel video y ni siquiera se defendió. ¡Todavía puedo hacer con ella lo que quiera!

Esteban miró lentamente a su prometida.

—Camila, ¿qué significa esto?

Ella intentó arrebatarle el micrófono al encargado del sonido.

—¡Apaguen esa porquería! ¡Está todo manipulado!

Pero Esteban ya había visto suficiente.

—Me dijiste que los gastos de la boda estaban cubiertos por tu familia. Mi papá te preguntó tres veces si teníamos alguna deuda pendiente.

—¡Es que Mariana iba a pagar!

—¿Te lo prometió ella?

Camila guardó silencio.

Beatriz se acercó rápidamente.

—Esteban, muchacho, no arruines una boda por problemas entre mujeres.

La madre del novio se levantó de su mesa.

—¿Problemas entre mujeres? ¿Engañar a mi hijo sobre una deuda de doscientos ochenta mil pesos es un problema entre mujeres?

En ese momento apareció el coordinador del evento acompañado por una representante de la empresa de decoración.

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