Diez años atrás, la prima de doce años de mi marido sustituyó el confeti de nuestra boda por huevos podridos y convirtió mi vergüenza en el chiste de toda la familia. “Perdónala, todavía es pequeña”, me pidieron. Nunca recibí una disculpa sincera. En su boda, con mi hijo de nueve años a mi lado, sonreí al ver lo que estaban proyectando… y abrí mi bolso.

Saqué mi teléfono.

Le mostré un correo preparado por mi abogada, en el que comunicaba que no renovaría los avales personales ni solicitaría más condiciones especiales para futuras operaciones relacionadas con él.

Los contratos vigentes tendrían que respetarse, pero mi apoyo extraordinario terminaba allí.

—Tus proyectos tendrán que sostenerse por sus propios resultados —le expliqué—. Como debió ser desde el principio.

Ricardo intentó responder, pero no encontró palabras.

Esteban, mientras tanto, ya se había quitado el anillo que llevaba para la ceremonia civil.

—Camila, no voy a casarme contigo —dijo.

Ella soltó un grito.

—¡No puedes abandonarme por esta estupidez!

—No es una estupidez. Me mentiste sobre el dinero, me ocultaste deudas y convertiste la humillación de otra persona en un entretenimiento para nuestra boda.

Su madre le pidió que saliera con ellos.

Camila se quedó inmóvil entre las flores y las mesas decoradas.

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