Diez años atrás, la prima de doce años de mi marido sustituyó el confeti de nuestra boda por huevos podridos y convirtió mi vergüenza en el chiste de toda la familia. “Perdónala, todavía es pequeña”, me pidieron. Nunca recibí una disculpa sincera. En su boda, con mi hijo de nueve años a mi lado, sonreí al ver lo que estaban proyectando… y abrí mi bolso.

La música se detuvo. Algunos invitados comenzaron a retirarse mientras los proveedores hablaban con ella sobre los contratos pendientes.

Entonces Camila corrió hacia mí.

—Mariana, por favor, ayúdame. Si Esteban cancela todo, voy a deber una fortuna.

La miré durante unos segundos.

Ya no veía a la niña de doce años que se escondía detrás de los adultos.

Veía a una mujer de veintidós que seguía esperando que alguien asumiera las consecuencias de sus decisiones.

—Camila, tus contratos los firmaste tú. Ahora te corresponde resolverlos.

Tomé la mano de Mateo.

Mi hijo miraba el suelo, avergonzado.

Un empleado había recogido cuidadosamente al sapo y lo había colocado de nuevo en su caja.

—Mamá, perdón —susurró—. No pensé que se iba a armar tanto problema.

Me agaché delante de él.

—Lo que hiciste tampoco estuvo bien, Mateo. No debiste soltar al animal para asustarla.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *