Diez años atrás, la prima de doce años de mi marido sustituyó el confeti de nuestra boda por huevos podridos y convirtió mi vergüenza en el chiste de toda la familia. “Perdónala, todavía es pequeña”, me pidieron. Nunca recibí una disculpa sincera. En su boda, con mi hijo de nueve años a mi lado, sonreí al ver lo que estaban proyectando… y abrí mi bolso.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Solo quería que dejara de burlarse de ti.

Lo abracé.

—Lo sé, mi amor. Pero proteger a alguien no significa que podamos hacerle daño a otra persona. Vamos a aprender de esto.

Ricardo nos observaba desde unos pasos atrás.

—Mariana, tenemos que hablar.

—Hablaremos con nuestros abogados.

Y salimos del salón.

Tres días después, Ricardo apareció en nuestra casa acompañado por Beatriz.

Mi suegra entró llorando.

—Mariana, tienes que detener esto. Camila está desesperada. Los proveedores le están reclamando casi trescientos cincuenta mil pesos entre saldos y penalizaciones.

—Entonces necesita negociar con ellos —respondí.

Ricardo golpeó la mesa.

—¡Basta de hacerte la poderosa! Si quieres divorciarte, voy a pelear por Mateo. No vas a quitarme a mi hijo.

Sentí que el corazón se me encogía.

Pero no retrocedí.

—Mateo no es un objeto que puedas utilizar para castigarme. Si quieres discutir su cuidado, lo haremos ante la autoridad correspondiente, pensando en lo mejor para él.

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