Diez años atrás, la prima de doce años de mi marido sustituyó el confeti de nuestra boda por huevos podridos y convirtió mi vergüenza en el chiste de toda la familia. “Perdónala, todavía es pequeña”, me pidieron. Nunca recibí una disculpa sincera. En su boda, con mi hijo de nueve años a mi lado, sonreí al ver lo que estaban proyectando… y abrí mi bolso.

Mi abogada ya había preparado los documentos necesarios. Nuestra casa estaba registrada a mi nombre y nos habíamos casado bajo el régimen de separación de bienes.

También teníamos estados de cuenta que mostraban los importantes depósitos que Ricardo había realizado a sus familiares sin consultarme.

Beatriz intentó interrumpirme.

—¿Vas a destruir una familia por una bofetada?

Antes de que pudiera contestar, escuchamos una voz pequeña desde el pasillo.

—Abuelita, papá quiso pegarme a mí.

Mateo estaba en la puerta de su habitación.

Llevaba su reloj infantil en la mano.

—Y después dijo que si mamá no pagaba, nos iba a echar de la casa.

Ricardo bajó la cabeza.

Mi hijo comenzó a llorar.

—Papá, yo también hice algo malo en la boda. Pero tú me enseñaste que un hombre debe cuidar a su familia. ¿Por qué nunca cuidas a mamá?

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