Recordé los ochenta mil pesos que había pagado para la boda de su hermana. Los gastos médicos de Beatriz. Las colegiaturas de Camila cuando estudiaba en una universidad privada.
Durante diez años, mi dinero había sido de todos, pero mis sentimientos nunca habían importado.
Sonreí tranquilamente.
—No se preocupen. Mañana les entregaré un regalo que jamás van a olvidar.
Camila sonrió, convencida de que había conseguido lo que quería.
Esa noche, Mateo me preguntó por qué su papá nunca me defendía.
No supe qué responderle.
Solo lo abracé y le dije:
—Hay personas que confunden querer a su familia con permitirle hacer daño a los demás.
A la mañana siguiente llegamos al elegante salón de recepciones.
Había arreglos de rosas blancas, enormes lámparas de cristal y más de trescientos invitados.
Sobre el escenario, una pantalla gigantesca mostraba fotografías de los novios.