El sapo salió dando pequeños saltos.
Camila lo descubrió junto a la cola de su vestido, soltó un grito espantoso y retrocedió tan bruscamente que volcó una bandeja de bebidas sobre su falda blanca.
El salón entero quedó paralizado.
—¡MALDITO MOCOSO! —chilló Camila—. ¡Me arruinaste la boda!
Ricardo corrió hacia nosotros.
—¡Mateo, ven aquí inmediatamente!
Mi hijo apenas tuvo tiempo de retroceder.
Ricardo levantó la mano para golpearlo.
Me interpuse.
La bofetada cayó sobre mi mejilla.
Sentí el ardor y escuché el silencio absoluto que siguió.
—¡Te advertí que dejaras de consentirlo! —me gritó Ricardo—. ¡Ahora vas a pedir disculpas y pagar los doscientos ochenta mil pesos!
Lo miré fijamente.
—Hace diez años, Camila tenía doce y dijiste que era demasiado pequeña para entender lo que hacía. Mateo tiene nueve. ¿Por qué para él no existe la misma disculpa?
Ricardo no respondió.
Entonces saqué de mi bolso una pequeña memoria USB y miré al encargado del sonido.