El aire matutino de Scottsdale aún conservaba el frescor nocturno del desierto cuando hice mi primera llamada. Eran exactamente las 6:45. En la casa reinaba un silencio sepulcral: Daniel y Renée no solían despertarse antes de las siete y media, dando por sentado que, al llegar a la cocina, la cafetera ya estaría zumbando suavemente, las tostadas estarían doradas y las fiambreras de los nietos contendrían, bien ordenados, sándwiches de pavo y uvas lavadas.

—¡Mamá, basta de tanto drama! ¿A dónde te has ido? ¿A qué hotel? ¿Cuánto cuesta? ¡Apenas te queda dinero de la venta de la casa de Tucson después de saldar las deudas fiscales de Harold! ¿Te das cuenta de lo que cuesta un alquiler en Scottsdale ahora mismo? ¡Vas a dilapidar tus últimos ahorros en cuestión de meses!

—No te preocupes por mis finanzas, cariño. Ocúpate de tu carrera. Y no olvides ir a buscar a los niños a las tres de la tarde. Al fin y al cabo, eres su padre.

Pulsé el botón rojo para colgar. Por primera vez en dos años, el peso enorme y asfixiante que me oprimía el pecho se había evaporado. Respiré hondo. El aire me pareció increíblemente puro.

Los seis días siguientes transcurrieron como un torbellino vertiginoso.

Mientras Daniel y Renée intentaban en vano coordinar sus agendas, contrataban a niñeras desconocidas, pedían comida preparada y discutían por los platos sucios —tal como me contaba mi nieta Maya por teléfono, suspirando con culpa mientras llamaba para saber dónde me había metido—, los abogados de Arthur Vance obraban milagros.

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