Y yo, que aquella noche creí perder una familia, terminé recuperando algo que valía mucho más que una mansión, una camioneta o ciento ochenta millones de pesos.
Recuperé mi dignidad, mi libertad y el derecho a disfrutar de mi propia vida sin pedirle perdón a nadie.
Porque el amor verdadero no se mide por cuánto dinero estás dispuesta a entregar, sino por el respeto que recibes incluso cuando dejas de darlo todo.
Y si alguien necesita destruirte para sentirse importante, quizá el mayor acto de amor propio sea cerrar la puerta y no volver jamás.