PARTE 1
—Mi amante está embarazada y tú vas a salir de esta casa esta misma noche. No pienso permitir que mi hijo crezca bajo el mismo techo que una mujer amargada como tú.
Mi esposo arrojó los papeles del divorcio sobre la mesa de mármol de nuestra residencia en Puerta de Hierro, Guadalajara, y sonrió como si acabara de ganar la lotería.
Lo más absurdo era que aquella casa, el reloj de lujo que llevaba puesto y hasta los zapatos italianos con los que caminaba habían sido pagados con mi dinero.
Me llamo Mariana Serrano, tengo treinta y ocho años y soy fundadora de una empresa de consultoría tecnológica que levanté desde cero. Durante cinco años de matrimonio mantuve prácticamente todos los gastos de nuestra familia.
Rodrigo, mi esposo, trabajaba como empleado administrativo y ganaba dieciocho mil pesos mensuales. Nunca le reclamé que ganara menos que yo. Lo único que esperaba era respeto.