PARTE 1
Mi suegra y yo estábamos embarazadas al mismo tiempo, pero en lugar de compartir la alegría, mi esposo me obligó a convertirme en la sirvienta de su madre. La frase “la madre es sagrada” siempre ha sido la excusa perfecta en México para justificar a los hombres que nunca aprendieron a ser esposos. Mi nombre es Valeria, tengo 29 años, soy contadora y esta es la historia de cómo un supuesto amor familiar casi destruye mi vida.
Mi esposo, Mateo, de 31 años, tenía un negocio de cocinas integrales y muebles en Puebla. Llevábamos tres años casados. Mateo no era un mal hombre en apariencia: no tomaba en exceso, no apostaba y era trabajador. Sin embargo, tenía un defecto que al principio me pareció inofensivo pero que terminó siendo mi condena: Mateo padecía de “mamitis” aguda. Su madre, Doña Carmen, de 48 años, lo tuvo muy joven. Eran uña y mugre. Mi suegro, Don Roberto, un hombre de 55 años que trabajaba como transportista de carga, pasaba días enteros fuera de casa, lo que estrechó aún más el lazo enfermizo entre madre e hijo.