Cuando nos casamos, compramos una casa. Mi madre, Doña Elena, me regaló un millón de pesos de sus ahorros de toda la vida para dar el enganche. Me lo transfirió directamente a mi cuenta, dejando todo por escrito, diciéndome: “El dinero es para ti, mija, uno nunca sabe las vueltas que da la vida”. Yo me reí, pensando que exageraba. El resto lo pagaríamos Mateo y yo con un crédito hipotecario mancomunado.
Casi dos años después de casarnos, por fin vi las dos rayitas en la prueba de embarazo. Lloré de felicidad. Cuando le di la noticia a Mateo, me abrazó dándome vueltas por la sala. Todo era perfecto, hasta que tres semanas después, fuimos a comer a casa de mis suegros. Doña Carmen salió de su cuarto con un sobre del laboratorio en la mano. Se sentó en la mesa, miró a su esposo y luego a nosotros.