—Estoy embarazada —soltó de golpe—. Tengo nueve semanas.
Pensé que era una broma. Doña Carmen casi tenía 50 años. El médico le advirtió que era un embarazo de altísimo riesgo por su edad y su presión arterial inestable. Como mi suegro viajaba mucho, Mateo tomó una decisión sin consultarme:
—Te vienes a vivir con nosotros, mamá. Valeria también está embarazada, así se acompañan y la casa está más cerca del hospital.
No pude decir que no. A los pocos días, Doña Carmen se instaló en nuestra casa. Al principio, la convivencia era pasable. Pero pronto, los favores empezaron a convertirse en obligaciones. Mateo la trataba como si fuera de cristal, exigiéndome a mí, que también estaba embarazada, que la atendiera. “Tráele agua a mi mamá”, “Caliéntale la cena que tiene ascos”, “Valeria, pásale una cobija a mi madre”. Él jamás movía un dedo; su forma de “cuidarla” era darme órdenes a mí.