La situación se salió de control cuando yo tenía 21 semanas de embarazo. Mi vientre ya pesaba, mis pies se hinchaban y mi espalda me mataba. Una noche, Doña Carmen, con su tono de falsa humildad, le dijo a Mateo que le costaba mucho subir y bajar las escaleras para ir al baño de la planta baja. Quería nuestro cuarto principal, el que tenía baño propio.
—No hay problema, mamá. Nosotros nos pasamos al cuarto de abajo —respondió Mateo al instante.
Lo miré incrédula. El cuarto de abajo era diminuto, caluroso y estaba pegado a la cocina.
—Mateo, yo también estoy embarazada —le recordé, sintiendo un nudo en la garganta.
—Valeria, no seas egoísta. Mi mamá tiene casi 50 años, su embarazo es de riesgo. Tú estás joven, aguantas más.
Me obligó a ceder mi propia habitación. Me tragué el coraje por no hacer un escándalo. Pero la gota que derramó el vaso cayó días después. Revisando la aplicación del banco, noté que el pago de la hipoteca no había pasado por fondos insuficientes. Entré a la cuenta mancomunada y vi tres transferencias recientes: 20 mil, 35 mil y 30 mil pesos. Un total de 85 mil pesos habían desaparecido.