Llamé a Mateo de inmediato. Con una frialdad que me heló la sangre, me dijo: “Los tomé prestados para el negocio, necesitaba liquidez. Luego los repongo, no hagas un drama, al fin y al cabo es dinero de los dos”.
No me consultó. No le importó que fueran los ahorros para el parto de nuestro hijo. En ese momento, un escalofrío me recorrió el cuerpo. No podía creer la pesadilla que apenas comenzaba a desatarse en mi propia casa, ni lo que él estaba dispuesto a hacerme.
PARTE 2
Mi embarazo llegó a la semana 27. Por recomendación médica, debido a contracciones prematuras, me ordenaron reposo relativo. “Nada de esfuerzos, ni corajes, Valeria. Tu bebé está en riesgo”, me advirtió el ginecólogo. Mateo juró cuidarme, pero sus promesas duraban lo que tardaba su madre en abrir la boca.
Una tarde, cayó una tormenta torrencial típica de Puebla. Las calles parecían ríos. Doña Carmen bajó a la cocina, miró el pollo con arroz que yo había preparado y arrugó la nariz.