—Huele a grasa. Tengo mucho asco. Se me antojó un caldo de camarón, de esos que venden en la esquina —dijo, frotándose la barriga.
Mateo acababa de llegar del trabajo, empapado.
—Amor, ve tú a comprárselo. Está aquí a dos cuadras —me ordenó Mateo mientras se quitaba los zapatos.
—El doctor me prohibió caminar bajo la lluvia y hacer esfuerzos. Además, está diluviando —respondí, indignada.
—Valeria, por favor, no seas exagerada. Solo son dos cuadras. Mi mamá no puede comer esto y si no come, le baja la presión. ¿Quieres que le pase algo al bebé?
Me presionó tanto, apelando a la culpa, que me puse un impermeable y salí. La calle era un espejo de agua y lodo. Caminé con cuidado, sintiendo punzadas en el vientre. Compré el caldo, pero al dar la vuelta para regresar, mi zapato resbaló en el borde de la banqueta de piedra mojada. Perdí el equilibrio. Con el terror oprimiéndome la garganta, me aferré a un poste de luz para no caer de bruces. El tirón fue brutal. Un dolor agudo y desgarrador me atravesó el vientre bajo.