Llegué a casa pálida, entregué la bolsa y me encerré en el baño. Había sangre. Grité el nombre de Mateo. Me llevó a urgencias a toda velocidad. El diagnóstico fue amenaza de parto prematuro; me dejaron internada. Esa noche, en la fría habitación del hospital, con el monitor cardíaco fetal marcando los latidos de mi bebé, Mateo lloró pidiéndome perdón. Le creí. Pensé que por fin había reaccionado.
Pero a la mañana siguiente, sonó su celular. Era Doña Carmen. Su presión había subido y se sentía mareada. Mateo se levantó como un resorte.
—Tengo que ir a ver a mi mamá. Mi papá no está en la ciudad —me dijo, guardando su teléfono.
—Mateo, estoy internada con amenaza de aborto. ¡No me puedes dejar sola! —le supliqué, con lágrimas en los ojos—. Llama a una tía, a una ambulancia, a un vecino.