—Valeria, aquí estás rodeada de médicos, a ti no te va a pasar nada. Mi mamá está sola y su embarazo es de alto riesgo. No seas caprichosa.
Agarró sus llaves y se fue. Me dejó sola en la cama de un hospital, aferrada a mi vientre, entendiendo por fin que en la lista de prioridades de mi esposo, yo siempre sería el último lugar. Llamé a mi madre, quien llegó de inmediato, echa una furia, y me juró que no volvería a pisar esa casa.
Unos días después de que me dieran el alta y me refugiara en casa de mi mamá, recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Hablo con la señora Valeria, esposa de Mateo? —preguntó una voz masculina.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Soy el señor Arturo. Llamo porque le entregué a su esposo un anticipo de 400 mil pesos por la compra de su casa. Pero el notario me exige que ambos firmen y quiero saber cuándo podemos reunirnos.