Me quedé paralizada. El aire se me escapó de los pulmones.
—¿Venta de qué casa? —logré articular.
—Su casa de Puebla. Mateo me mostró un documento de autorización firmado por usted, aceptando la venta y el depósito.
—Yo jamás he firmado nada… —susurré, con el corazón golpeándome las costillas.
El hombre me mandó una foto del documento por WhatsApp. Ahí estaba: mi nombre y una firma falsificada que se parecía mucho a la mía. Mateo no solo había vaciado nuestros ahorros y me había abandonado en un hospital; estaba intentando vender nuestra casa a mis espaldas cometiendo un delito para salvar su maldito negocio.
Llamé a Mateo, ciega de rabia.
—¡Falsificaste mi firma para vender la casa! —grité.
—¡Valeria, cálmate! Solo tomé el anticipo porque necesitaba inyectarle capital al negocio urgente. Nunca planeé venderla de verdad. Iba a devolver el dinero después. ¡Lo hice por nuestra familia!