Pero aquella noche descubrí que ni siquiera eso podía ofrecerme.
—¿Desde cuándo tienes otra mujer? —pregunté.
—Eso ya no importa. Daniela es joven, cariñosa y sabe atender a un hombre. No como tú, que solamente piensas en tus contratos.
Se acomodó en el sofá de piel y señaló los documentos.
—Quiero el divorcio. Y como voy a ser padre, necesito quedarme con esta casa.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Quieres quedarte aquí?
—Por supuesto. También necesito la camioneta Mercedes. Daniela debe viajar cómoda durante el embarazo.
Luego levantó tres dedos, como si estuviera explicándome las condiciones de un negocio.
—Y vas a seguir depositándoles sesenta y cinco mil pesos mensuales a mis papás. Ya están acostumbrados a ese apoyo y no sería justo que los abandonaras.
Me quedé mirándolo.
Durante años había enviado aquel dinero a Teresa y Ernesto, mis suegros, porque Rodrigo aseguraba que necesitaban tratamientos médicos y ayuda para sus gastos.