El día que firmé el divorcio, mi esposo se rio y dijo: “Ahora tú pagarás la vida de mi amante y de nuestro hijo”. Me exigió la mansión, la camioneta y los 65 mil pesos mensuales para su madre. Acepté separarme sin discutir y llamé discretamente a mi abogado. Cuando regresó con su amante y el bebé, descubrió que no tenía llaves, dinero ni idea de los documentos que estaban por llegarle.

Pero aquella noche descubrí que ni siquiera eso podía ofrecerme.

—¿Desde cuándo tienes otra mujer? —pregunté.

—Eso ya no importa. Daniela es joven, cariñosa y sabe atender a un hombre. No como tú, que solamente piensas en tus contratos.

Se acomodó en el sofá de piel y señaló los documentos.

—Quiero el divorcio. Y como voy a ser padre, necesito quedarme con esta casa.

Pensé que había escuchado mal.

—¿Quieres quedarte aquí?

—Por supuesto. También necesito la camioneta Mercedes. Daniela debe viajar cómoda durante el embarazo.

Luego levantó tres dedos, como si estuviera explicándome las condiciones de un negocio.

—Y vas a seguir depositándoles sesenta y cinco mil pesos mensuales a mis papás. Ya están acostumbrados a ese apoyo y no sería justo que los abandonaras.

Me quedé mirándolo.

Durante años había enviado aquel dinero a Teresa y Ernesto, mis suegros, porque Rodrigo aseguraba que necesitaban tratamientos médicos y ayuda para sus gastos.

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