Nunca imaginé escuchar a su hijo exigir que siguiera manteniéndolos después de echarme de mi propia casa.
—¿Y qué piensas darme a cambio? —pregunté.
Rodrigo soltó una carcajada.
—La libertad de empezar de nuevo. A tu edad deberías agradecer que alguien te haya aguantado tanto tiempo.
Aquellas palabras me dolieron más que la confesión de su infidelidad.
Recordé las noches trabajando hasta las tres de la mañana, los viajes cancelados para cerrar contratos y todas las veces que había defendido a Rodrigo cuando mis amigas me preguntaban por qué nunca contribuía a los gastos.
Entonces comprendí que había confundido el amor con la obligación de mantener felices a personas que jamás estuvieron agradecidas.
Tomé los papeles.
Había una solicitud de divorcio y un convenio que él había preparado para quedarse con todo.
—Acepto divorciarme —respondí.
Firmé únicamente la manifestación de mi voluntad de separarnos y dejé intacto el convenio sobre los bienes.