Rodrigo ni siquiera distinguió la diferencia.
—Sabía que terminarías siendo razonable —dijo, satisfecho—. Ahora recoge tus cosas.
Subí a nuestra habitación, guardé mi computadora, algunos documentos y ropa suficiente para varios días.
No discutí. No lloré delante de él.
Cuando salí, Rodrigo estaba hablando por teléfono.
—Amor, ya está arreglado. La casa es nuestra.
Antes de cerrar la puerta, escuché otra frase.
—Mi mamá dice que por fin tendrá una nuera que le dará nietos.
Esa misma noche, desde un hotel, recibí un mensaje de Teresa:
«Aunque te divorcies, no olvides el depósito del lunes. Daniela necesitará nuestra ayuda para organizar su nueva vida».
Miré aquel mensaje durante varios segundos.
Lo que Rodrigo y su familia ignoraban era que la mansión y la Mercedes estaban registradas a nombre de mi empresa.
Y cuando revisé por primera vez los documentos de los depósitos que había hecho a mis suegros, descubrí algo que convirtió aquella infidelidad en una traición mucho más grande.