PARTE 2
El lunes siguiente llegué temprano a mi oficina. Sofía, mi asistente y amiga desde los primeros años de la empresa, me esperaba con varias carpetas.
—Mariana, hay algo que debes revisar personalmente.
Me mostró los comprobantes que Rodrigo había utilizado durante meses para justificar algunos pagos familiares. Entre ellos aparecían facturas por supuestos tratamientos de sus padres, pero las referencias y los conceptos no coincidían.
Una dirección se repetía constantemente.
Era la de un departamento de lujo cerca de Andares, en Zapopan.
—¿Quién vive ahí? —pregunté.
Sofía bajó la mirada.
—Una mujer llamada Daniela.
Sentí que me faltaba el aire.
Teresa aseguraba que necesitaba dinero para medicamentos. Sin embargo, buena parte de los sesenta y cinco mil pesos que yo depositaba mensualmente terminaba destinada al alquiler y los gastos de la amante de su hijo.
Mi abogado, el licenciado Julián Paredes, me recomendó conservar los documentos y solicitar formalmente la información que faltaba. No podíamos acusar a nadie sin pruebas suficientes.