El día que firmé el divorcio, mi esposo se rio y dijo: “Ahora tú pagarás la vida de mi amante y de nuestro hijo”. Me exigió la mansión, la camioneta y los 65 mil pesos mensuales para su madre. Acepté separarme sin discutir y llamé discretamente a mi abogado. Cuando regresó con su amante y el bebé, descubrió que no tenía llaves, dinero ni idea de los documentos que estaban por llegarle.

También descubrimos algo peor.

El contrato de arrendamiento del departamento de Daniela incluía una garantía supuestamente otorgada por mi empresa. Al solicitar una copia como representante legal, encontré una firma que imitaba la mía.

Yo jamás había autorizado semejante compromiso.

—Esto cambia las cosas, Mariana —advirtió Julián—. Ya no estamos hablando solamente de un divorcio. Podría existir falsificación de documentos y uso indebido de recursos empresariales.

Aquella tarde cancelé las tarjetas adicionales que Rodrigo tenía autorizadas y ordené revisar sus accesos a las cuentas corporativas.

También suspendí los apoyos voluntarios a sus padres.

No habían transcurrido veinte minutos cuando Teresa me llamó.

—¡Mariana! ¡Mi tarjeta no tiene el depósito! ¿Qué clase de nuera abandona a unos viejos?

—La misma que acaba de descubrir quién paga el departamento de Daniela.

Hubo un silencio.

Después escuché a Ernesto murmurar:

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