El día que firmé el divorcio, mi esposo se rio y dijo: “Ahora tú pagarás la vida de mi amante y de nuestro hijo”. Me exigió la mansión, la camioneta y los 65 mil pesos mensuales para su madre. Acepté separarme sin discutir y llamé discretamente a mi abogado. Cuando regresó con su amante y el bebé, descubrió que no tenía llaves, dinero ni idea de los documentos que estaban por llegarle.

—Te dije que guardaras esos comprobantes.

Teresa colgó inmediatamente.

Dos días después, el banco me notificó que alguien había intentado utilizar una tarjeta antigua vinculada a mis ahorros personales.

Recordé entonces que años atrás había dejado una tarjeta de respaldo con mis suegros, pensando que podrían ayudarme en una emergencia.

Pedí bloquearla y presenté una aclaración bancaria.

Al día siguiente, Rodrigo apareció en las oficinas de mi empresa exigiendo una tarjeta corporativa para comprar muebles infantiles.

Cuando seguridad le negó el acceso, gritó delante de los empleados:

—¡Soy el esposo de la dueña! ¡Todo esto también es mío!

Sofía me envió el reporte del incidente.

Yo solamente respondí:

—Guarden la grabación y no permitan que intimide a nadie.

Mientras tanto, Julián notificó formalmente a Rodrigo que la vivienda era propiedad de la empresa y que su autorización para utilizarla sería revocada. También le ofreció coordinar la entrega de sus pertenencias.

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