El mejor amigo de mi hijo llegó a su funeral vestido de rojo y mi esposo quiso echarlo. Una carta escrita por Jack nos reveló la promesa que ninguno de nosotros conocía.

Mi hermana Irene se acercó a Theo después de la ceremonia.

Yo estaba lo suficientemente cerca para escucharla.

—Perdóname por lo que dije —le pidió—. Debí acordarme de todo lo que hiciste por Jack antes de pensar mal de ti.

Theo respondió que entendía la sorpresa.

Pero Irene insistió.

—Una cosa es sorprenderse y otra hablar sin saber. Te pido una disculpa.

Él se la aceptó.

Varios compañeros se acercaron también, algunos para abrazarlo y otros simplemente para darle las gracias por haberles recordado momentos que creían olvidados.

Nadie le pidió que se cambiara de ropa.

Afuera de la capilla, bajo el cielo nublado de Zapopan, vi a Theo sentado en una banca. Su hermana Lucía estaba a su lado, sosteniéndole la mano. Él tenía la mirada fija en sus zapatos.

Me acerqué con dos botellas de agua.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

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