A veces, cuando alguien nos pregunta por la fotografía de Theo vestido de rojo, contamos la historia.
Hablamos de los dos niños que se conocieron a los siete años. Del cuarto que dejó de ser de visitas. De las tres Navidades compartidas. De los catorce meses terribles en los que un amigo permaneció al lado de otro sin pedir nada a cambio.
Y hablamos de una promesa que parecía absurda hasta que comprendimos el amor que había detrás.
Sigo extrañando a Jack todos los días.
Todavía tengo momentos en los que su ausencia me deja sin aire.
Pero cuando cierro los ojos y trato de recordarlo, ya no veo únicamente una cama de hospital.
A veces lo veo a los diez años, con una cinta roja mal amarrada al cuello, esperando junto a un escenario para que su mejor amigo no tuviera que enfrentar solo las burlas.