—Yo también.
Emiliano entendió entonces la verdad completa.
Rosa no había ocupado el lugar de nadie.
Solo había llenado el vacío que él dejó abierto.
Esa noche, Emiliano no revisó correos.
No contestó llamadas.
No cerró tratos.
Se sentó en el piso del cuarto de juegos con sus hijas, pidió quesadillas por aplicación y escuchó durante 3 horas cosas que debió haber sabido desde siempre.
Que Daniela odiaba las clases de piano.
Que Martina tenía pesadillas cuando él viajaba.
Que Rosa les enseñó a hacer chocolate caliente porque Patricia decía que “ensuciaban demasiado”.
Que las niñas no querían una madrastra perfecta.
Querían un papá presente.
Semanas después, Emiliano cambió las reglas de la casa.
Redujo viajes.
Cerró la sala de monitoreo como arma de sospecha y la dejó solo para seguridad real.
Contrató una terapeuta infantil.
Aumentó el sueldo de Rosa, pero ella aceptó solo después de que él dejó claro que no era premio, sino justicia.