Y como si supiera que aquel día era importante, caminó hacia ella más erguido que nunca.
Isabel abrió la caja.
Dentro estaba el cartón original.
El de las letras azules.
Besos de caballo – 50 céntimos.
También estaba la frase pequeña de Nico.
Un poco borrosa ya, pero todavía legible.
La colgamos en una pared de madera, dentro del cobertizo, protegida con un marco sencillo.
Nadie aplaudió.
No hacía falta.
Todos nos quedamos mirando aquellas palabras.
Algunos niños preguntaron qué significaban.
Sus padres les respondieron bajito.
Uno de ellos, una niña con trenzas, se acercó a Isabel con una moneda de cincuenta céntimos.
—¿Todavía se pueden comprar besos de caballo? —preguntó.
Isabel se quedó sin aire.
Pensé que iba a romperse.
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Pero Capitán bajó la cabeza justo en ese momento y rozó con el hocico el hombro de la niña.