Se camina.
Un día pesa más.
Otro día deja respirar.
Y algunos días, sin saber por qué, vuelve a doler como el primero.
Pero Isabel ya no estaba sola cuando eso ocurría.
Ese verano, la finca organizó una jornada pequeña para reunir comida y mantas para los animales.
Nada grande.
Unas mesas, café, bizcochos caseros, niños del barrio dando zanahorias a los caballos bajo supervisión, gente mayor sentada a la sombra.
Isabel no quería ir.
—No puedo ver niños —me confesó por teléfono—. No todavía.
—Entonces no vayas por los niños —le dije—. Ve por Capitán.
Se quedó callada.
—Y por Nico —añadí.
Llegó tarde.
Vestida de azul oscuro, con el pelo recogido y una caja pequeña entre las manos.
Cuando la vi entrar por la verja, sentí un nudo en la garganta.
Capitán la vio también.